15 may 2014

Pequeñas Princesas: Tragedias, Segunda lágrima Parte 11/15

"—¿Realmente es lo correcto, debo de escapar de mis problemas, dejar atrás a mi familia, y a quienes quiero y me importan? ..."



Ernesto estaba emocionado porque estaba por ver su habitación, era muy similar a la emoción que un niño sentía cuando era la mañana de navidad y podía abrir sus regalos que se le habían regalado. La puerta se abrió sin hacer ruido, Vanessa se movió a un lado, dándole permiso a Ernesto de acercarse, y este fue exactamente lo que hizo, se paró frente a la entrada a la habitación y miró el interior. Se podía ver un haz de luz blanca entrando por la ventana, era suficiente luz como para poder ver en el interior de la habitación. Sin si quiera haber entrado pudo ver muy cerca de la entrada varios trozos de tela tirados en el piso, y no muy lejos de ellos algunos botones. Dio un par de pasos, adentrándose en la habitación, y de esta forma pudiendo ver aún más de esta. Mientras miraba hacia los rincones de la habitación se encontró con un montón de prendas colgadas en varios de los muebles: vestidos, camisas, blusones.... había muchas diferentes prendas de vestir, tantas que algunas yacían en el piso y otras simplemente habían sido arrojadas. Su atención se dirigió a la cama, en donde se encontró con más prendas de vestir, pero en lugar de que estuviesen arrojadas sobre la cama estaban acomodadas de tal forma que parecía que se les había tratado con mucho cuidado. Mientras caminaba por la habitación se topó varias veces con objetos en el suelo: tijeras, carretes de hilo... Parecía que Vanessa estaba demasiado ocupada confeccionando prendas que no tenía tiempo de estar arreglando su habitación. La mirada de Ernesto se topó con el armario, y tan pronto como vio varias de las mangas de varias prendas asomarse por un lado de las puertas comenzó a caminar en su dirección, Vanessa, tan pronto como se dio cuenta de a donde él estaba por ir corrió tan rápido como pudo y logró cerrar la puerta del armario antes de que este mirase, pero fue muy tarde, él ya había visto el interior: Desde un extremo a otro había prendas colgando de un tubo de metal, de hecho, había tantas que algunas se habían caído y habían terminado sobre varias de las cajas que cubrían el suelo del armario. Ernesto caminó a la cama, vio una mesa de noche con una lámpara encima, y a un lado de ella, una muñeca que yacía sentada en un pequeño sillón. Miró hacia abajo y se encontró con los cajones a medio cerrar, con partes de ropa asomándose de estos. Mientras inspeccionaba un poco más la habitación, se encontró con el mueble de la computadora, se acercó para ver que había sobre este además de la computadora de Vanessa. Se encontró con varios papeles llenos de trazos, algunos de ellos enrollados, pero la mayoría abiertos y listos para ser inspeccionados. Se encontró con más agujas y algunos lápices regados por todo el escritorio. Sin nada más que ver se dio la vuelta y regresó al centro de la habitación, dio una última vista a su alrededor, no, nada había cambiado: Se encontró con las cientos de prendas colgando, con los trozos de tela, agujas, botones y carretes de hilo esparcidos por todo el suelo; con varios papeles llenos de trazos que habían sido arrumbados luego de haber sido usados; con bolsas repletas de metros y metros de telas de diferentes texturas, colores y tamaños. Estaba a punto de hablar pensando que ya había explorado cada rincón de la habitación, y fue en ese justo momento cuando recordó la ventana. De inmediato su mirada se dirigió allí, se encontró con un par de cortinas a medio cerrar que permitían la entrada de un claro haz de luz en el interior de la habitación. Debajo de la ventana yacía un mueble, y sobre este, algo cubierto con una delgada y suave tela. Él se acercó al mueble, se paró frente a este y con mucho cuidado tomó la tela y la jaló hacia arriba, descubriendo una máquina de coser. Colocó la pequeña tela a un lado de la máquina y se agachó para poder admirar con más detalle la peculiar máquina. Miró con detalle el hilo de color rosa que había en la punta de la aguja, y usándolo como guía comenzó a seguirlo hasta que llegó a la parte superior de la máquina, en donde un carrete de hilo color rosa yacía. Llevó sus manos a la máquina, y con calma, como si se tratase de algo muy frágil, comenzó a pasar sus manos sobre la máquina, sintiendo en sus dedos el frío plástico que cubría la máquina. Cuando terminó de admirarla, se levantó, se dio la vuelta y miró a Vanessa.
—¿Acaso también confeccionas ropa? —Le preguntó Vanessa al haber visto como acariciaba a la máquina de coser.
—No, no realmente, de hecho, nunca había visto una máquina de coser... claro, no en la vida real. Es hermosa, y aún más por ese haz de luz celestial que entra por la ventana —Contestó él mientras regresaba su mirada a la máquina de coser.
—Me parece imposible que haya sido la primera vez que has visto una máquina de coser, pero me halaga el hecho de que haya sido la mía la primera que has visto.
—Hay algo más que la hace aún más hermosa —Dijo él mientras pasaba sus manos una última vez sobre la máquina.
—¿En serio, qué? —Preguntó Vanessa muy curiosa.
—El hecho de que sea tuya —Contestó él mientras se daba la vuelta y miraba a Vanessa a los ojos.
Ella se sonrojó, no sabía que contestar, y mucho menos que hacer, y mientras ella trataba de procesar lo que acababa de ocurrir, él comenzó a dar pequeños pasos hacia ella, se paró enfrente y le robó un beso en la mejilla. Ella quedó sorprendida, aún más que antes, no se movía y tampoco hablaba, solo estaba allí parada.
—Me gustas mucho Vanessa —Dijo él mientras daba un par de pasos hacia atrás, alejándose de ella.
Ella no reaccionó por varios segundos, y de un momento a otro se le abalanzó, haciéndolo perder el equilibrio y haciéndolo caer al suelo: lo rodeó con sus brazos, sujetándolo contra ella con mucha fuerza, y cuando su rostro estuvo frente al de él comenzó a llenarlo de besos, algunos en sus mejillas y otros cuantos lograban tocar sus labios con los de él. Él le regresó el abrazo cruzando sus brazos detrás de ella y sujetándola contra él, simplemente se recargó en el mueble detrás de él y dejó que Vanessa lo llenara con sus besos.
—Tú también me gustas Ernesto —Dijo Vanessa mientras interrumpía los besos hacia Ernesto, luego continuó.
Pasaron varios segundos, ella dejó de besarle, y él, en respuesta a su último beso le regresó uno de ellos en la frente. Vanessa sintió como si una gran felicidad la llenara, y con esa sensación recargó su cabeza en el pecho de él. Compartieron miradas un par de veces, se sonreían y de vez en cuando se besaban, ya fuese tanto como en la frente o como en los labios. Ambos miraron el haz de luz que entraba por la ventana, él recargó su cabeza contra la de ella, le dio unos cuantos besos en el cabello, apreciando así su dulce olor, y mientras lo hacía, ambos seguían viendo la hermosa luz blanca que entraba. Lentamente Vanessa comenzó a bostezar, seguido de él, y en poco tiempo ambos terminaron por dormirse.
La luz blanca se había transformado en una tenue luz color naranja. Vanessa lentamente abrió los ojos, y al sentir a Ernesto debajo de ella deseó que nunca terminase eso. Admiró por unos minutos la luz naranja que bañaba parte de su máquina de coser, el mueble en donde esta yacía, el suelo frente a ambos y que cuya luz llegaba hasta los pies de la cama. En la posición en la que se encontraba podía sentir los latidos de Ernesto, escuchar su suave y calmante respiración, y podía sentir, si bien no un cuerpo fornido, con músculos bien marcados, con abdominales de acero y libre de grasa, sí podía sentir su cuerpo flácido y sus pequeñas “llantitas” a lo largo de su estómago, eso le era suficiente a ella... podía estar junto a otra persona, sentir su calor y su afecto, todo esto de una persona que quería con todo su corazón, y eso era lo único que le bastaba. Su cabeza seguía recargada en su pecho, y cuando este inhalaba, su cabeza ascendía, y cuando exhalaba, esta bajaba suavemente, siendo algo arrullador y reconfortante para ella. Su mirada seguía puesta en el haz de luz naranja, y con calma y cuidado llevó su mirada al rostro de él. Tenía una expresión de calma, como si no hubiese nada que le importara en ese preciso momento. Vanessa recordó a las otras dos princesas y lo que habían dicho: “¡Nos estabas espiando mientras dormíamos!” Una pequeña risa se le salió a Vanessa al darse cuenta de que era lo mismo que ella estaba haciendo, trató de que la risa fuese lo menos fuerte, pero aún así despertó a Ernesto. Una tos seguida por un constante parpadeo por parte de Ernesto le avisaron a Vanessa de que él se había despertado, ella miró su rostro, esperando ver una sonrisa en cuanto la viese.
—Hola —Le dijo Vanessa.
—Hola —Contestó él mientras se frotaba los ojos con una mano, y con la otra, le acariciaba el cabello a Vanessa. Él se dio cuenta de donde y con quien estaba, y en cuanto lo hizo una pequeña sonrisa apareció en su rostro, Vanessa se alegró por ello —¿Cómo estás?
—Muy bien, gracias por preguntar —Contestó ella mientras restregaba su mejilla contra su pecho. La camisa que llevaba estaba caliente, y eso hizo que Vanessa se sintiese más cómoda teniendo su cabeza sobre ella.
—Me alegra —Dijo él.
Ambos miraron por varios segundos el haz de luz naranja, era como una luz celestial que marcaba el inicio de algo, una señal de felicidad, y ambos la tomaron de esa forma, ese haz de luz sería el que marcaría el comienzo de su relación como pareja.
El silencio había inundado la habitación, y siguió así hasta que los gritos de sus hermanos acabaron con el silencio.
—¡Si no quiero entrar a la preparatoria es mi problema, no el tuyo! —Gritó uno de los niños.
—¡Es por tu bien, no lo estaría haciendo si no fuese así! —Respondió su madre. Los gritos de ambos eran bastante fuertes, y rápidamente comenzaron a molestar a Vanessa.
—Tengo una idea. Ven, vamos a salir un rato de la casa —Vanessa se levantó dando un pequeño salto, se acomodó el cabello, la falda y la camisa, luego le dio la mano a Ernesto. La luz golpeaba directamente el rostro de Vanessa, y al hacerlo, Ernesto creía que estaba viendo a un ángel.
—¿Es por los gritos? —Preguntó él extrañado por su repentina decisión, no sin dejar de mirar a Vanessa y a su aura casi celestial.
—En parte, pero te quiero mostrar algo que junto con Erika y Sofía hemos logrados hacer —Le explicó ella —Ven, no está muy lejos, y sé que te va a gustar.
—¡Abre esa puerta, ahora! —Se escuchó a Camila gritar en el pasillo.
Ernesto tomó la suave mano de Vanessa, la usó como apoyo para levantarse, y una vez parado se sacudió el pantalón y se arregló la camisa, mientras lo hacía, logró percibir el olor de Vanessa, el dulce olor a fresas que la caracterizaba. Ambos comenzaron a caminar hacia la puerta, él la abrió, dejando a Vanessa salir primero, luego el salió, cerrando la puerta detrás de él.
—¡Es mi decisión si quiero o no ir a la preparatoria! —Gritó el niño dentro de su habitación. Camila estaba afuera de la habitación, golpeando la puerta repetidas veces, mientras que el otro niño estaba en las escaleras, sentado, escuchando la pelea entre su hermano y su madre. Ambos cruzaron a un lado del niño, ignorando por completo los gritos de Camila y el otro niño, el otro hermano simplemente miró a Vanessa pasar, tenía una expresión de depresión marcada en su rostro, y parecía que estaba pidiendo a gritos que se lo ayudara, pero ella simplemente pasó a un lado de él sin decir nada. Ambos bajaron las escaleras, dejando atrás la pelea que la madre y el hermano de Vanessa estaban protagonizando. Ambos llegaron a la puerta principal, abrieron la puerta y salieron, Vanessa miró hacia atrás mientras caminaba, y vio como su hermano ocultaba su rostro entre sus piernas, probablemente llorando. Cuando estuvieron afuera Ernesto cerró la puerta.
—Mi familia está lentamente destruyéndose, ni si quiera nuestra terapeuta puede evitar que ocurra, lentamente nos separaremos y terminaremos todos yendo en caminos distintos, es inevitable —Dijo Vanessa mientras caminaba hacia el patio trasero de la casa.
—Lamento oír eso —Dijo Ernesto mientras caminaba a un lado de Vanessa.
—No es necesario que te lamentes, esas cosas ocurren, las familias terminan por romperse no importando cuanto hayas tratado para mantenerlas unidas... Pasamos por muchos momentos felices, pero poco a poco comenzamos a separarnos y a distanciarnos, exactamente como ocurrió conmigo y con mi padre. Rosa hizo lo posible por ayudarnos, por tratar de buscar qué era lo que estaba provocando que nos estuviéramos separando, hasta hoy, no ha encontrado la razón. Cada vez que se ponen a pelear así me dan ganas de salir corriendo de la casa, no soporte ver a ninguno de ellos llorar, pero de igual forma lo hacen... Simplemente me gustaría que terminara su tormento, que olvidaran y todo volviese a ser como hace varias semanas... quiero que dejen de pelear, y que volvamos a ser una familia —Dijo Vanessa. Un par de lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas y terminaban por caer directamente en el pasto que cubría el suelo.
Ernesto se detuvo, Vanessa se dio cuenta de esto mientras seguía caminando, se dio la vuelta y lo miró. Las lágrimas continuaban corriendo por su rostro, pero al ver a Ernesto parado allí ella se llenó de duda y simplemente dejó de llorar.
—Estando a mi lado no sufrirás, haré lo posible para que dejes de llorar —Dijo Ernesto mientras daba un par de pasos hacia ella —Si tengo que dejar mi vida solo por ti, estoy dispuesto a hacerlo, haré cualquier cosa por ti, no importa si es imposible, estoy seguro que lo haré sabiendo que será por y para ti —Las lágrimas regresaron, y de nuevo comenzaron a caer por las mejillas de Vanessa, y varios segundos después ella se abalanzó contra Ernesto, dándole un caluroso abrazo. El llanto de Vanessa era desgarrador, le dolía escucharlo a Ernesto, no quería que continuase, pero sabía bien que Vanessa lloraba porque lo necesitaba y porque debía de hacerlo, colocó su mano sobre la cabeza de Vanessa y comenzó a acariciarla mientras ella lloraba.
Pasaron minutos, ambos seguían abrazándose. El llanto de Vanessa ya era casi inaudible, pero Ernesto sabía muy bien que ella seguía llorando y derramando lágrimas sobre su camisa. De pronto, ella levantó la cabeza, tenía los ojos cristalinos, y con la luz del atardecer que se reflejaba en ellos los había vuelto aún más cristalinos.
—Vamos, tengo que mostrarte algo —Dijo Vanessa entre lágrimas. Tenía una sonrisa marcada en su rostro, y a pesar de que había pasado varios minutos llorando de tristeza esa sonrisa emanaba y reflejaba alegría y felicidad por parte de ella. Realmente quería mostrarle algo a Ernesto, y quería mostrárselo cuanto antes —¡Vamos! —Le dijo ella mientras se soltaba de sus brazos y corría hacia atrás de ella, en dirección al jardín de atrás.
Ernesto corrió detrás de ella, le preocupaba el hecho de que había dejado de llorar y se había animado, nunca la había visto así. Ambos llegaron al jardín, Ernesto no vio nada que pareciese importante allí, pero cuando vio a Vanessa saltar sobre la valla del vecino se dio cuenta de que no era ese el jardín en el que debía de buscar. Corrió a la valla, y mientras se acercaba logró percibir un olor muy dulce, un olor a humedad y un aire muy fresco y ligero. Se acercó a la valla y trató de ver hacia el otro lado, pero le fue imposible, subió una pierna, luego la otra, y en unos segundos estuvo del otro lado, lo que vio lo dejó sorprendido y con la boca abierta. Había un jardín lleno de flores, de arbustos, de pequeños árboles frutales, un sin fin de diferentes especies de plantas inundando el jardín, macetas, y pequeños adornos; un par de gigantescas enredaderas creciendo a un lado de la casa y una mesa en medio del jardín. Había flores de distintos colores, de hecho, había tantas que parecía un arcoíris; se veían mariposas revolotear en el aire, y se sentía un fuerte aroma dulce rodeando el jardín. Había un pequeño camino hecho de pequeñas piedras de río, llevaba hasta donde se encontraba la mesa, y de allí iba hasta la puerta trasera de la casa.
—¿Te gusta? —Le preguntó Vanessa mientras se quitaba las lágrimas de su rostro.
—Es hermoso —Dijo él con un peculiar brillo en sus ojos, un brillo que comúnmente un niño tendría al recibir en sus brazos a una mascota.
—¿En serio?
—Sí... ¿Esto es lo que tú y las otras dos hicieron? —Preguntó él mientras caminaba al centro del jardín.
—Sí, empezamos hace dos meses, todo porque queríamos ayudar a buscar algo que Sofía pudiese hacer... días después averiguamos que esta era su vocación. Todo lo que ves aquí fue trabajo de ella, nosotras solo ayudamos a despejar la tierra de hierbas y otras plantas que había, además de que también trajimos algunas herramientas.
—Es impresionante, se siente una extraña sensación con tan solo ver este lugar... una sensación de calma y tranquilidad —Explicó Ernesto. Se agachó, tomó el tallo de una rosa y miró con detalle la flor color amarilla que yacía en la punta del tallo.
—Lo sé, por eso quería venir aquí. Como te estaba diciendo antes, mi familia se está cayendo a pedazos, pronto nos separaremos... sé que no hay nada que podamos hacer para evitarlo, ocurrirá pase lo que pase, y no me agrada ese hecho. He venido aquí desde que todo esto comenzó, huyendo todas las veces que alguno de ellos comenzaba a pelearse con otro... huyendo de la peleas, del sufrimiento y del olor, y ocultándome aquí de todo .
—Está bien que lo hagas, digo, todos necesitamos un lugar secreto en donde podamos llorar cuando queramos, un lugar al que podamos huir cuando las cosas se pongan feas, un lugar en donde nos sintamos protegidos y que nada más importe. Haces lo correcto —Le dijo Ernesto mientras se le acercaba a ella.
—¿Realmente es lo correcto, debo de escapar de mis problemas, dejar atrás a mi familia, a quienes quiero y me importan? —Preguntó ella mientras lo miraba a los ojos.
—Haz hecho lo posible, ahora les toca a ellos buscar la forma de salvarse a sí mismos, o al menos, que alguien más los salve, a ti solo te queda descansar y esperar a que algo ocurra —Contestó él mientras le tomaba las manos.
—Pero...
—Pero nada... —Por unos segundos él se quedó callado, luego volvió a hablar —Dije que haría lo posible para protegerte, y eso haré... Te daré el regalo más grande que hayas recibido nunca. Si está bien, ¿podría dártelo el viernes?
—¿Qué clase de regalo? —Preguntó ella.
—No te arruinaré la sorpresa... tendrás que verlo por ti misma.
—¿El viernes?, pero no estaré durante la tarde, llegaré tal vez hasta las ocho de la noche.
—No creo que haya problema con eso, entonces, ¿Podría dártelo el viernes?
—Como gustes... Gracias, por todo —Le dijo Vanessa mientras le daba un abrazo.
El sol se ocultó detrás de ellos, lentamente el resplandor naranja que acompañaba las tardes comenzó a desaparecer, para cuando el sol se ocultó ya no quedaban rastros de la existencia de aquel resplandor naranja. EL abrazo entre ambos se rompió cuando de la nada, Erika y Sofía salieron por la puerta de atrás y los encontraron a los dos dándose el abrazo.
—¡Vanessa! —Gritó Sofía sorprendida al encontrarse a Vanessa allí —... ¿Y Ernesto?, ¿Qué haces tú aquí? —Añadió ella al percatarse de que también él estaba allí.
—Sofía, creo que es mejor que te calles por unos instantes y regresemos al interior de la casa —Le dijo Erika mientras miraba con pena a Vanessa y a Ernesto, quienes sus expresiones habían cambiado a unas de vergüenza.
—¿Por qué lo dices? —Preguntó ella. Erika simplemente hizo un gesto, Sofía miró a los dos y se percató de que aún seguían sujetados de las manos —¡Oh es cierto, tenemos que ir a ver la novela! Vanessa, Ernesto, los dejaremos solos, se cuidan.
—¿Qué clase de excusa fue esa? —Le reclamó Erika a Sofía.
—Calla y métete, que hoy dicen si Margarita es la madre de Toño —Le contestó Sofía mientras empujaba a Erika al interior de la casa. La puerta se cerró y ambos simplemente se miraron con vergüenza.
—Creo que debemos de separarnos por hoy... de nuevo, gracias por todo—Le dijo Vanessa a Ernesto mientras le daba otro cariñoso abrazo.
—Ya te dije, yo te protegeré y haré lo posible para mantenerte feliz... Por cierto, gracias... gracias por haberme dejado estar a tu lado esta tarde —Le dijo Ernesto mientras le daba un beso en la mejilla como agradecimiento. Luego de que recibió el beso, Vanessa miró hacia el segundo piso de la casa, y vio como una de las cortinas se movía justo en el momento en que ella había mirado.
—Será mejor irnos de aquí antes de que ellas sigan de chismosas.
Ambos salieron del jardín saltando la valla, y estando del otro lado se dieron un corto beso de despedida, se tomaron una vez más de las manos y luego se soltaron, deslizando suavemente su mano contra la del otro. Vanessa se quedó parada allí, recordando el sabor de los labios de Ernesto, él, mientras caminaba alejándose de ella, se dio la vuelta y le lanzó un beso, un beso que ella recibió extendiendo sus manos para luego llevarlas a su pecho, continuó caminando y pronto desapareció. Vanessa soltó un gran suspiro, se recargó contra la valla de madera y simplemente miró el cielo estrellado que brillaba con intensidad sobre ella.
—Gracias —Susurró Vanessa al viento.
Fue un día ocupado, ni si quiera durante el receso las princesas se pudieron ver, y Vanessa tampoco pudo reunirse con Ernesto. Cuando las clases terminaron Vanessa salió disparada del salón, y aunque el profesor trató de retenerla unos instantes ella simplemente lo ignoró y salió de allí tan rápido como pudo. Cientos de estudiantes comenzaron a salir de los salones, eran los últimos días de clases, pero eso no evitaba que aún hubiese profesores que no dejaran de darles clases. Esquivó a varios estudiantes, empujó a otros, todo con tal de salir de la preparatoria. Mientras corría, se encontró con Sofía y con Erika, quien caminaban lentamente hacia la entrada de la preparatoria.
—¡Corran! —Les gritó Vanessa mientras pasaba a su lado. Ambas se compartieron miradas unos instantes, luego comenzaron a correr detrás de Vanessa. Se dieron cuenta de que, por primera vez ella había corrido más rápido que ellas, y en ningún momento la lograron alcanzar, no hasta que ella se detuvo justo afuera de la preparatoria. Ambas llegaron a su lado, jadeando y respirando violentamente, intentando recuperarse luego de haber corrido.
—Sé que tienen preguntas, y, por primera vez, no tendrán que sacármelas a la fuerza.
—Nunca hemos hecho nada así —Se defendió Sofía.
—Claro que lo han hecho... bueno, no me amarraron a una silla y me golpearon con calcetines con jabones dentro, pero sí me pusieron nerviosa muchas veces —Le explicó Vanessa.
—Lo que sea... Sí, tenemos muchas preguntas, en especial sobre lo ocurrido ese día... cuéntanos, ¿qué pasó? —Preguntó Sofía.
—Les contaré mientras caminamos a mi casa —Le dijo Vanessa.
Las tres comenzaron a caminar, Erika se puso a un lado y Sofía al otro extremo, dejando a Vanessa en medio. En cuanto se hubieron alejado una calle de la preparatoria, las dos princesas comenzaron a hablar.
—Ahora sí, ¿qué fue lo que ocurrió esa tarde? —Repitió Sofía.
—Ambos salimos temprano, así que decidimos ir a mi casa a pasar el rato...
Vanessa comenzó a contarles lo ocurrido, mientras lo hacía, un tono de melancolía se podía percibir en su voz, además de que constantemente miraba hacia arriba y soltaba unos cuantos suspiros. Las otras dos princesas escuchaban con fascinación y con gran interés lo que Vanessa tenía que decir. Escuchaban todos los detalles que ella daba, y con ellos imaginaban la escena que se les era narrada. Caminaron por varios minutos, algunas veces se detuvieron a descansar o a admirar sus alrededores, pero continuaron caminando. Vanessa seguía narrándoles lo ocurrido, de vez en cuando alguna de las dos interrumpía diciendo algo como: “Sabía que terminarían juntos”, o “Fue muy buena idea el haberle dado permiso de que se casase contigo, no hay razón para estarnos regañando. Ya nos agradecerás en un futuro”. La historia llegó a su fin, narrándoles los últimos minutos que pasó con él.
—Realmente me esperaba que se volviesen una pareja, pero no sabía que sería ese mismo día... me siento tan feliz por ti Vanessa —Le dijo Erika a ella mientras se detenía a darle un abrazo.
—Yo me siento feliz por mi misma —Susurró Vanessa —Tras todo esto, tras tantas peleas, tras todo este dolor y sufrimiento... por fin vuelve a mí la alegría y la felicidad. No dejaré que nada me la quite, ni siquiera el hecho de que mi familia estén en ruinas me deprimirá, no la dejaré irse de nuevo.
—Hablando de eso, ¿nueva información por parte de Rosa, realmente no hay nada que pueda hacer para evitar que tu familia se arruine por siempre? —Le preguntó Erika a Vanessa.
—Le dije lo mismo que Ernesto me dijo el Martes, ya hicimos lo posible por ayudarlos, solo les queda a ellos mismos decidir salvarse o no —Le contestó Vanessa.
—Por cierto, no tuviste clases ayer, ¿verdad?
—No, ¿por? —Preguntó Vanessa extrañada.
—Ernesto fue a buscarnos... bueno, a buscarte. No te encontró en tu salón y tampoco en ningún otro lugar, se veía preocupado por ti, nos preguntó sobre ti y pues bueno, no supimos contestarle, deberías de llamarlo en cuanto lleguemos a tu casa —Le explicó Erika.
—Sí, gracias por avisarme.
—Y entonces, ¿algo planeado que tengan para celebrar?
—Solo llevamos dos días de pareja, ¿qué rayos vamos a celebrar? —Le preguntó Vanessa.
—No lo sé, ¿tu primera relación amorosa? —Le contestó ella. Vanessa simplemente se sonrojó y miró a Sofía con enojo.
—¿Qué te hace pensar que es mi primera relación amorosa?
—Si hubieses tenido una relación antes nos hubieras dicho —Le explicó ella.
—Tiene un buen punto —Le añadió Erika.
—Cállense —Dijo Vanessa al final.
Continuaron caminando, de vez en cuando le hacían bromas a Vanessa y la hacían enojar, ella simplemente les reclamaba y ambas reaccionaban riéndose. Era algo que hacían las tres, siempre trataban de hacer enojar a alguna de las otras, y si lo hacían, su recompensa era el poder reírse de ellas al verlas enojadas. Sus amigas de vez en cuando también les hacían eso, pero no era lo mismo viniendo de ellas. Caminaron por casi media hora hasta que llegaron a la casa de Vanessa. Erika y Sofía fueron a la casa de al lado mientras que Vanessa se dirigió a su casa. Entró por la puerta de enfrente, trató de ser lo más callada y sigilosa posible, pero mientras subía las escaleras para llegar a su habitación se encontró con uno de sus hermanos, con el que había peleado con su madre dos días atrás. Él estaba sentado en el suelo frente a la puerta de su habitación, cuando escuchó pasos alzó la mirada y se la encontró, la miró, Vanessa no dijo nada y simplemente continuó caminando a la puerta de su habitación.
—¿No vas a decir nada? —Preguntó él con un tono depresivo.
—No es que mis palabras vayan a hacerte cambiar de idea o algo así, además, no tengo nada qué hacer. Es tú decisión, no la mía..
—Por lo menos puedes tratar de hacerme la vida más fácil mostrando el buen camino.
—No existe eso que llamas “el buen camino”. Todo lo que hacemos son decisiones que tomamos sin tener una idea de como podrían cambiar nuestro futuro. Podrías terminar teniendo una increíble vida como un multimillonario, rodeado de esposas y todo lo que has deseado en tu vida, o podrías simplemente terminar de indigente vagando en las calles, durmiendo en bancas en el parque y comiendo de cestos de basura... nuestras decisiones tienen infinitas consecuencias, ya sean buenas o malas.
—¿Y cómo saber si será bueno hacerlas o no?
—No lo sabemos. Simplemente hacemos lo que nos parece correcto a corto plazo, pero nunca pensamos o llegamos a saber lo que será de esa decisión a largo plazo. Mírame, decidí hablar y ahora ya hasta estoy dentro de una relación amorosa. Tú podrías, no sé, pensar un poco más la decisión de entrar o no a la preparatoria, pensar a largo plazo lo que te traería entrar o no; las ventajas y desventajas, y además, pensar en tu hermano, que realmente te quiere tener cerca y no te quiere perder.
—Pero el problema es que todos esperan mucho de mí.
—¿Y crees que no lo hicieron conmigo? Querían que fuese la más inteligente, que fuese la que más supiese de todas y cada una de las clases a las que entraba, querían que fuese una buena estudiante y que llenara sus estándares... lo hice... hasta cierto punto, luego decidí que debía de llenar mis estándares y no los suyos, por lo que comencé a hacer las cosas por mi cuenta y a mi manera. Ellos me querían meter en una secundaria, yo simplemente me negué y entré en otra en lugar de la que me habían seleccionado. Si lo que pasa es que ya no les puedes seguir la corriente, si ya no puedes soportar que sus decisiones estén en tu espalda, no hay problema, simplemente échales a un lado de la misma forma que yo hice. Si realmente no quieres entrar en la preparatoria, entonces no hay problema por mí... de hecho, no hay problema alguno conmigo, esta familia está muriendo, cayéndose lentamente a pedazos, y con una sola persona tratando de salvarla no se podrá hacer mucho, así que las futuras decisiones que se tomen en esta familia ya no me conciernan en nada.
—Hermana...
—Recuerda, no me llames así, llámame Vanessa, que por alguna razón me nombraron así.
—¿Piensas irte de la casa una vez que salgas de la preparatoria?
—Tal vez, tal vez no, aún sigo pensándolo... aún quedan dos meses para saber si esta familia tiene remedio alguno o no, y cuando lo sepa tomaré mi decisión. Por ahora simplemente dejaré que el tiempo pase y veré como les va a ustedes.
—¿Dejarás a la familia caerse, no harás nada?
—He hecho lo más que he podido, y no sirvió de mucho, y además, los únicos que pueden hacer algo para salvar a esta familia son ustedes. A mí no me gustaría que terminaran todos separándose, pero si no hay remedio, si no hay alternativa, entonces tendré que lidiar con eso, tendré que tragarme este amargo trago de mi vida y seguir adelante.

 Vanessa abrió la puerta y entró en la habitación. Su hermano simplemente se quedó allí sentado, exactamente en la posición en la que ella lo encontró. Pasaron varios minutos, Vanessa salió, cerró la puerta y miró de vuelta a su hermano.
—Como dije antes, no me gusta ver que nuestra familia se está rompiendo, no me gusta estar presente cuando alguno de ustedes comienza a pelearse; no me gustó cuando ocurría conmigo y con nuestro padre y sigue sin gustarme con ustedes y los demás... Ven, hay algo que te quiero mostrar —Vanessa le extendió su brazo, él simplemente miró su mano, tenía miedo, tenía miedo de lo que Vanessa había dicho, era verdad, la familia estaba lentamente muriendo y pronto terminaría por romperse completamente. Su mano se extendió y tocó la mano de Vanessa, esta estaba temblorosa y sudorosa... realmente estaba preocupado.
—¿A dónde me llevarás? —Preguntó él mientras se levantaba del suelo.
—Te llevaré a que veas algo —Le contestó Vanessa.




Siguiente parte

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Deja un comentario con tu opinión acerca de lo que leíste ;)