Habían pasado semanas desde el incidente que ocurrió en la casa de la princesa del agua, y por fin, tras un largo tiempo las tres princesas se reunían de nuevo.
La pequeña princesa llevó una cesta llena de panqués,
la princesa del agua los platos, los cubiertos y los vasos; y la
princesa del crepúsculo los muebles de las muñecas, algunas bebidas
y dulces.
—¿Será suficiente? —Preguntó la princesa del crepúsculo mientras miraba a la princesa del agua.
—Creo que sí. Hubiera comprado más pero fui yo quien se llevó los últimos diez hámsteres —Le contestó la princesa del agua.
—Si no son suficientes recuerden que aún tenemos las ratas que viven en la casa. Podemos cazarlas y tener para un par de horas más —Les dijo la pequeña princesa.
—Bueno, adelante, llenamos la tina antes de que llegaras para que tuvieras más tiempo para poner a prueba tu habilidad —Le dijo la princesa del crepúsculo.
—Gracias. Por favor, preparen la mesa. Estaré arriba, si necesito algo les aviso, lo mismo para ustedes. Ella comenzó a subir las escaleras, cargando consigo una jaula cubierta con una enorme camisa negra.
—Espera, Sofía. Cuidado con las mordidas —Le dijo la pequeña princesa a la princesa del agua.
—¿Será suficiente? —Preguntó la princesa del crepúsculo mientras miraba a la princesa del agua.
—Creo que sí. Hubiera comprado más pero fui yo quien se llevó los últimos diez hámsteres —Le contestó la princesa del agua.
—Si no son suficientes recuerden que aún tenemos las ratas que viven en la casa. Podemos cazarlas y tener para un par de horas más —Les dijo la pequeña princesa.
—Bueno, adelante, llenamos la tina antes de que llegaras para que tuvieras más tiempo para poner a prueba tu habilidad —Le dijo la princesa del crepúsculo.
—Gracias. Por favor, preparen la mesa. Estaré arriba, si necesito algo les aviso, lo mismo para ustedes. Ella comenzó a subir las escaleras, cargando consigo una jaula cubierta con una enorme camisa negra.
—Espera, Sofía. Cuidado con las mordidas —Le dijo la pequeña princesa a la princesa del agua.
Ella
sonrío, luego siguió subiendo por las escaleras. Llegó a la puerta
del baño, la empujó lentamente y luego entró dentro. Se puso en
cuclillas estando frente a la tina, quitó la camisa que cubría la
jaula. Diez hámsteres corrían de un lado a otro, al ver la mano de
Sofía acercarse a la jaula todos corrieron hacia el lado contrario
por donde esta llegaba. Su mano tocó la pequeña puerta metálica,
quitó el pequeño seguro que evitaba que la pequeña puerta se
abriera, y luego la deslizó hacia arriba. Metió la mano en la
jaula, uno de los pequeños animales, lleno de curiosidad se acercó
a la mano, sin tener una idea de su horrible final.
Las
otras dos princesas limpiaban la mesa que había en el comedor,
quitaban los platos enmohecidos, las flores marchitas; los cubiertos
oxidados y los manteles putrefactos. Lo que lograron hacer con poco
tiempo fue algo que incluso las sorprendió a ellas mismas. Colocaron
un largo mantel blanco que cubría el cristal manchado y la madera
podrida que conformaban la mesa. Colocaron los cubiertos de plata que
Sofía había llevado, al igual que los platos transparentes de
cristal, las tazas, las copas y los vasos. Colocaron una cesta en
medio de la mesa, sacaron varios termos y una enorme tetera.
Colocaron a las muñecas al otro extremo de la mesa, las acomodaron y
sentaron rodeando su propia mesa de té, detrás de ellas, su pequeña
casa se alzaba. Pero no solo fueron las muñecas, también los
peluches con los que habían hecho experimentos se les unieron,
acomodándolos en un sofá y un par de sillas de jardín. Arrojaron
las sillas que había cerca de la mesa, reemplazándolas con sillas
de jardín que llevaron desde la casa de la pequeña princesa.
—¿Quedó bien, no? —Dijo la princesa del crepúsculo llena de orgullo.
—Sí. Vamos a ver como le fue a Sofía —Le dijo la pequeña princesa.
—¿Quedó bien, no? —Dijo la princesa del crepúsculo llena de orgullo.
—Sí. Vamos a ver como le fue a Sofía —Le dijo la pequeña princesa.
Ambas
subieron por las escaleras, llegaron a la puerta del baño, y miraron
a escondidas entre la pequeña apertura que había entre la puerta y
el marco, miraron con detalle lo que Sofía hacía. Ella metía
violentamente la mano dentro de la jaula, apretaba con fuerza a los
pobres roedores, y de inmediato los sumergía dentro de la
tina.
—Esto es lo que ella puede hacer. Mírala realizar su magia, mírala mientras trabaja —Le susurró la pequeña princesa a la del crepúsculo.
—Esto es lo que ella puede hacer. Mírala realizar su magia, mírala mientras trabaja —Le susurró la pequeña princesa a la del crepúsculo.
El
último roedor salió de la jaula, y mientras era apretado con fuerza
por las suaves manos de Sofía este gritaba, chillaba, probablemente
lleno de terror, probablemente por el insoportable dolor que daba el
ser apretado con tanta fuerza. Lentamente voló hacia la tina,
llevado por las manos que lo apretaban, estando sobre la tina fue
violentamente lanzado contra el agua, para luego ser atrapado de
nuevo por las manos, y luego ser retenido contra su voluntad debajo
del agua. Al momento en que el roedor golpeó el agua, se pudo
escuchar el fuerte golpe que recibió al ser golpeado por el agua, y
no solo eso, se pudo ver la fuerza con la que fue golpeado cuando un
montón de agua salpicó. Se agitaba violentamente intentando escapar
de su horrible destino, el de morir ahogado, pero sus esfuerzos no
hacían nada más que aumentar su dolor, no tardó mucho en perder
las fuerzas, las esperanzas en salir de allí con vida; al final
descansó. Luego de tener que respirar agua y sentir un fuerte dolor
en su pecho mientras sus pulmones se llenaban de agua. Las manos
soltaron el cuerpo del ya fallecido roedor, que flotó hacia la
superficie del agua, uniéndolos a los cuerpos de los demás
hámsteres, que uno pasaron por el mismo trágico destino que este
último, todos muriendo de la misma forma.
Sofía
tenía los brazos tendidos en el suelo, escurriendo agua de ellos;
ella miraba con orgullo los cuerpos flotantes de los roedores. Una
sonrisa se marcó en su rostro al mirar lo que había logrado.
Lentamente se levantó del suelo, tomó una toalla que había colgada
en un tubo y se secó los brazos y las manos. Las dos princesas
entraron corriendo al interior del baño y abrazaron a Sofía una vez
que vieron que había terminado.
—¡Lo hiciste! —Le dijo la pequeña princesa llena de alegría.
—¿Cómo te sientes? —Le preguntó con curiosidad la princesa del crepúsculo mientras continuaba abrazándola.
—Bien. Siento como si hubiera perdido un gran peso de encima. Me siento... libre, y como si pudiera hacer cualquier cosa —Les dijo ella mientras les regresaba el abrazo a ambas —¿Pusieron la mesa?
—Sí, espero que te guste como la dejamos —Le contestó la pequeña princesa.
—¡Lo hiciste! —Le dijo la pequeña princesa llena de alegría.
—¿Cómo te sientes? —Le preguntó con curiosidad la princesa del crepúsculo mientras continuaba abrazándola.
—Bien. Siento como si hubiera perdido un gran peso de encima. Me siento... libre, y como si pudiera hacer cualquier cosa —Les dijo ella mientras les regresaba el abrazo a ambas —¿Pusieron la mesa?
—Sí, espero que te guste como la dejamos —Le contestó la pequeña princesa.
La
princesa del agua, Sofía, fue la primera en bajar, las otras dos
miraron por varios segundos el gran logro de ella, los roedores
flotando en el agua de la tina de baño, luego apagaron la luz y
bajaron al comedor, en donde se encontraron con Sofía mirando la
mesa.
—¡Está espectacular! —Les dijo Sofía impresionada.
—¡Está espectacular! —Les dijo Sofía impresionada.
Las otras dos se sonrieron, alagadas por las palabras
de Sofía. Las tres se fueron a sentar alrededor de la mesa. Las
sillas de jardín no era muy cómodas, pero al menos no tuvieron que
sentarse en las sillas enmohecidas que había originalmente en la
casa.
—¿Te sirvo té? —Le preguntó Sofía a la princesa del crepúsculo.
—Sí —Le respondió ella con alegría.
—Oye, ¿cuál crees que sea tu habilidad? —Le preguntó la pequeña princesa a la del crepúsculo.
—No lo sé, puede ser cualquier cosa. Pero no importa que sea, espero que sea igual de buena que las de ustedes.
—¿Te sirvo té? —Le preguntó Sofía a la princesa del crepúsculo.
—Sí —Le respondió ella con alegría.
—Oye, ¿cuál crees que sea tu habilidad? —Le preguntó la pequeña princesa a la del crepúsculo.
—No lo sé, puede ser cualquier cosa. Pero no importa que sea, espero que sea igual de buena que las de ustedes.
Abrió
el cesto y comenzó a sacar los panecillos de este, acomodándolos
sobre un planto en medio de las tres; Cuando estuvieron acomodados,
las tres tomaron un panecillo y comenzaron a comérselo.
Los
días pasaron, continuaron reuniéndose en la misma casa, todos los
días a la misma hora. Se tomaban un día para practicar sus
habilidades, otro día para comer dulces, golosinas y jugar con sus
muñecas, y el tercer día, para buscar la habilidad de la princesa
del crepúsculo. A pesar de que no daban con nada, no perdían la
esperanza de poder encontrar su habilidad especial.
Los
días fueron pasando, siguieron reuniéndose sin problemas; la
pequeña princesa simplemente se salía de su casa; Sofía le pedía
permiso a su padre, quien siempre de inmediato se lo daba; y al
final, la princesa del crepúsculo, quien debía de escabullirse para
poder salir de su casa, ya que su hermano, en cuanto la veía la
agarraba a golpes y a bofetadas. Ninguna vez fue atrapada mientras
escapaba de su celda a la que llamaba “casa”; siempre que
regresaba corría a esconderse a su habitación, esperando a que su
hermano no la encontrara y la agarrara a golpes durante toda la
noche.
Ella
dormía en su pequeño escondite dentro de su armario, comenzó a
escuchar golpes viniendo de la habitación contigua, se despertó,
como siempre, evitó salir de su habitación ya que sabía que su
hermano se desahogaría con ella. Simplemente se quedó en cuclillas,
escuchando como su hermano golpeaba algo una y otra vez en la
habitación de al lado. En sus manos sujetaba a su muñeca de vestido
naranja, le acariciaba el cabello mientras los golpes en el muro eran
más fuertes. Se levantó, tomó un suéter y se lo puso, cubriendo
los moretones que tenía de días anteriores, de las veces en que su
hermano la encontraba y la golpeaba. Metió su muñeca dentro de su
mochila y salió de la casa tan pronto como pudo, aprovechando que su
hermano estaba descuidado.
Fue al
parque, como todas las mañanas de cada día, y se sentó en una
banca frente a un estanque. Había algunas palomas cerca de ella,
patos en el agua dentro del estanque, y unos cuantos perros hurgando
en la basura que estaba detrás de ella. Se sentaba allí por horas,
parecía no estar haciendo nada, pero en realidad ella se sumergía
en su pequeño mundo de fantasías, en donde no había nadie que le
hiciera daño, o que se burlara de ella; en donde sus amigas siempre
estaban para ayudarla, en donde podía comer cuantos dulces quisiera;
podía vivir lo que no podía en la realidad. Al paso de las horas
ella se levantó y fue a la escuela. A pesar de que llegaba tarde no
parecía que ningún profesor le molestara, nadie sabía con detalle
la razón de esto, ni si quiera la misma princesa del crepúsculo. Se
sentaba hasta el fondo del salón, en su preciada silla. A pesar de
que parecía no importarle mucho lo que se veía en clase, sus
trabajos y exámenes eran los más altos; ella tenía el mejor
promedio de la escuela. Parecía descuidada, pero era de los alumnos
más perfeccionistas que había pisado esa institución, siempre
cuidando que todo se mantuviera en su lugar.
No
tenía amistades dentro de su salón, y mucho menos dentro de la
escuela. Durante el descanso ella se iba a sentar detrás de unos
arbustos, allí tenía incluso un pequeño trozo de tela que había
puesto en el suelo para evitar ensuciarse de tierra. Se la pasaba
todo el receso allí, esperando a que diera la hora para regresar a
clases. A veces se llevaba un libro para leer, todos los días siendo
uno diferente. Su actitud introvertida era de lo más destacable de
su persona, incluso llegaba a ser extraño, ya que cuando se le
preguntaba algo en clase, simplemente su boca se abría y dejaba
salir las palabras como si todo el tiempo estuviese hablando. Cuando
se trataba de algo de la clase, ella hablaba, mientras que si se
trataba de alguien invitándola a pasar el descanso con ellos, o si
le hablaban, ella simplemente se sonrojaba, agachaba la cabeza y
hacía como si no escuchara nada. Algunos maestros tenían un gran
interés en ella, sabían que había algo que la aquejaba, además de
lo de la muerte de sus padres, que no había ocurrido hace mucho
tiempo. Al igual que antes, su rutina era llegar, estar “atenta”
a la clase, pasar el receso sola y esperar a que terminaran las
clases.
Al
terminar las clases, ella iba directamente con sus dos mejores
amigas: la pequeña princesa y Sofía, conocida también como la
princesa del agua. Las tres se reunían diariamente luego de clases,
siempre en la casa abandonada a un lado de la casa de la pequeña
princesa. Era una rutina que ya se les había hecho tradición, una
rutina que no podían cambiar. Pero eso no era más que parte de la
vida monótona de la princesa del crepúsculo; todos los días
pasando por lo mismo, viviendo con miedo, teniendo que dejar la
realidad para poder pasar buenos momentos, y terminando el día con
otras dos personas, personas con las que nunca creyó llegaría a
compartir tanto, no solo una amistad, si no también una afición con
ellas. Cada día, una y otra vez ella tenía que pasar por lo mismo,
algunos días era mucho peor: su hermano la lograba detener antes de
que saliera de la casa y este la golpeaba hasta que se aburría;
otras veces, durante el receso, pelotas eran arrojadas contra su
escondite, estando ella dentro, además, sus compañeros se burlaban
de ella cuando llegaba cubierta de tierra al salón de clases. Pero
no todo era malo, algunos días las cosas salían mejor de lo
esperado: Una mujer a veces la iba a visitar al parque, allí le
entregaba un sobre con dinero, con lo que podía comprarse algunos
dulces y guardar el resto; otras veces se cancelaban las clases por
algún evento o día festivo, por lo que ella podía pasar todo el
día con sus amigas.
Su
vida estaba llena de subidas y caídas, de cosas buenas y malas. A
pesar de que él fuese su hermano, deseaba con muchas fuerzas que
muriera, le deseaba una muerte lenta y dolorosa, y había prometido
que cuando eso ocurriera ella estaría presente para verlo morir.
La misma rutina se repitió: se despertó llena de
miedo, se cambió de ropa y caminó con la esperanza de lograr salir
de su casa, pero este había sido uno de esos días malos. Su hermano
la esperaba en la puerta con una botella de cerveza en la mano, desde
las escaleras se podía percibir el fuerte olor de la cerveza que
había sido derramada en su ropa.
—¿A dónde crees que vas? —Le preguntó él.
—A la escuela, voy tarde... por favor, déjame pasar —Le contestó ella tímidamente.
—¿Crees que no me he dado cuenta?, ¿Crees que no sé a dónde te desapareces todas las tardes? —Tomó un poco de la botella y la siguió mirando.
—Por favor, tengo que irme.
—No irás a ningún lado maldita estúpida —Le gritó él mientras le arrojaba la botella.
—¿A dónde crees que vas? —Le preguntó él.
—A la escuela, voy tarde... por favor, déjame pasar —Le contestó ella tímidamente.
—¿Crees que no me he dado cuenta?, ¿Crees que no sé a dónde te desapareces todas las tardes? —Tomó un poco de la botella y la siguió mirando.
—Por favor, tengo que irme.
—No irás a ningún lado maldita estúpida —Le gritó él mientras le arrojaba la botella.
Logró
cubrirse el rostro con sus manos, pero estas terminaron siendo
cortadas al momento en que la botella las golpeó y se rompió. Ella
terminó empapada en cerveza.
—¡Mira lo que hiciste. La rompiste! —Le gritó él.
—No fui yo, fuiste tú, me la arrojaste —Le contestó ella mientras se alejaba de él.
—¿Con que muy lista eh? Bien, veremos si eres tan lista luego de que te de tu merecido.
—No, por favor no —Gritó ella llena de miedo.
—¡Mira lo que hiciste. La rompiste! —Le gritó él.
—No fui yo, fuiste tú, me la arrojaste —Le contestó ella mientras se alejaba de él.
—¿Con que muy lista eh? Bien, veremos si eres tan lista luego de que te de tu merecido.
—No, por favor no —Gritó ella llena de miedo.
Dejó
caer su mochila al suelo mientras salía corriendo huyendo de su
hermano, quien había tomado un cucharón de madera como arma. Ella
logró subir las escaleras luego de haberse tropezado varias veces
mientras huía, llegó a si habitación y cerró la puerta. Corrió
hacia su escondite y allí se quedó, se tiró al suelo, quedando en
cuclillas, esperando a que su hermano se fuera, pero no lo hacía, y
con cada minuto que pasaba él se irritaba aún más, llegando al
punto en que comenzó a patear la puerta. Ella sollozaba, temblaba
del miedo, y esperaba a que no la encontrara. Un fuerte golpe se
escuchó: había sido la puerta que había terminado de romperse
luego de las múltiples patadas que el le había dado.
—¿Dónde estás maldita? —Dijo él con furia.
—¿Dónde estás maldita? —Dijo él con furia.
Ella miraba por entre los pequeños orificios que había
en la puerta de su armario como el pasaba constantemente frente a la
puerta, evitando que la luz entrara ha donde ella se encontraba.
—Sé que estás aquí. Te encontraré.
—Sé que estás aquí. Te encontraré.
Ella
comenzó a llorar, se cubrió la boca para evitar que los ruidos que
venían con el llanto la delataran. Lágrimas corrieron por sus
mejillas, cada vez que su hermano golpeaba la puerta ella se llenaba
de miedo. No tenía lugar a donde ir, estaba encerrada, y no parecía
ser que su abusador fuese a irse muy pronto. La puerta comenzó a ser
golpeada, con cada golpe ella sentía que algo horrible estaba por
ocurrir. De pronto, la manija de la puerta comenzó a moverse, ella
la había cerrado con llave, por lo que la manija solo se movía.
—Así que allí estás. Sabía que no te habías ido muy lejos.
—Así que allí estás. Sabía que no te habías ido muy lejos.
La
manija comenzó a moverse violentamente, ella se levantó del suelo y
se alejó cuanto pudo de la entrada a su armario. La puerta comenzó
a agitarse, él jalaba la puerta hacía adelante y atrás, intentando
tirarla. Al no lograr nada comenzó a patearla, eso si funcionó, la
puerta fue rompiéndose por la mitad, hasta que con una última
patada logró romperla por completo.
—No, por favor no —Le suplicaba ella.
—No, por favor no —Le suplicaba ella.
Él
simplemente la miraba, tenía una expresión de ira, y una sonrisa
malévola que horrorizó a la princesa. Ella trató de correr por un
lado, pero el logró sujetarla del cabello y la azotó dos veces
contra el muro, luego salió del armario arrastrándola a ella del
cabello.
—No —Suplicó ella mientras lloraba.
—Pagarás por lo que hiciste jovencita —Se burló él.
—No —Suplicó ella mientras lloraba.
—Pagarás por lo que hiciste jovencita —Se burló él.
Con la
cuchara de madera comenzó a golpearle las manos, luego comenzó a
golpearle los brazos, para luego empujarla al suelo y comenzar a
patearla.
Siguió
abusando de ella, dándole repetidamente con un palo de escoba;
azotándola con cinturón, y dejando caer encima de ella cerveza. Al
final, como ella esperaba, terminó por aburrirse, salió de la
habitación y no regresó. Ella temblaba del dolor, apenas podía
moverse, tenía heridas en todo su cuerpo, y todas ellas le ardían
por el alcohol que les había caído. Trató de levantarse del suelo
repetidas veces, siendo en vano ya que terminaba por caerse. Trató
de levantarse una última vez, siendo esta cuando logró mantenerse
de pie. Regresó al armario, tomó un cambio de ropa, bajó las
escaleras tan rápido como sus heridas la dejaban, tomó su mochila y
salió de la casa.
Mientras
caminaba en la calle, ella se encontró con la mujer que le daba
dinero, ella, al ver el estado de la princesa fue a ayudarla.
—Cielos, ¿fue tu hermano verdad? —Preguntó la mujer mientras la miraba.
—Cielos, ¿fue tu hermano verdad? —Preguntó la mujer mientras la miraba.
Ella
no respondió, y en lugar de eso dejó salir algunas lágrimas.
—Ven aquí mi niña. Vamos a mi casa, te darás un baño y te curaré esas heridas —Le dijo la mujer.
—Ven aquí mi niña. Vamos a mi casa, te darás un baño y te curaré esas heridas —Le dijo la mujer.
Ella
no dijo nada, pero tampoco se rehusó por lo que la mujer decidió
llevársela. La mujer la subió a un auto, luego ella la llevó a su
casa, allí, llevó a la princesa al baño, en donde hizo que se
diera una ducha. Mientras se bañaba, intentaba no pensar en el dolor
que le provocaban las heridas al ser tocadas por el jabón. Terminó
de bañarse, salió oliendo a frutos rojos, cubriendo completamente
el hecho de que la habían bañado en cerveza. Tomó su cambio de
ropa y se vistió, al salir, la mujer la esperaba con un
botiquín.
—Sabía que era una mala idea el haberte dejado con él. Debí de haberte tomado en mis brazos en cuanto pude —Le dijo la mujer.
—Sabía que era una mala idea el haberte dejado con él. Debí de haberte tomado en mis brazos en cuanto pude —Le dijo la mujer.
Ella simplemente evitaba mirarla, además de que no
quería que viera su rostro de dolor que ponía cada vez que ella le
restregaba un algodón con alcohol en las heridas. La mujer terminó,
se levantó y acarició la cabeza de la princesa. Ella fue al baño
con su pequeña mochila, y comenzó a sacar las libretas y otras
cosas que estuviesen dentro, entre ellas, su muñeca. La abrazó con
fuerza, unas cuantas lágrimas corrieron por su rostro. La mujer pasó
a un lado del baño y la vio llorando, se le acercó y la abrazó.
—Ya pasó. Ahora estás a salvo —Le dijo la mujer.
—Ya pasó. Ahora estás a salvo —Le dijo la mujer.
Ella se fue, dejando a la princesa sola en el baño,
ella comenzó a limpiar sus libretas con papel de baño, intentando
quitarles el olor a cerveza; pero no solo lo hacía con sus libretas,
si no que también con todo lo demás que estuvo dentro, incluyendo a
la muñeca y a la misma mochila. No lograba quitarle el olor a nada,
y sin más esperanzas dejó caer todo al suelo y comenzó a llorar.
Había pasado ya varias semanas desde que su hermano no la había
golpeado, había pasado tanto que él terminó por desquitarse todos
esos días que no pudo golpearla. La mujer llegó con una mochila, un
par de libretas, lápices y otros utensilios escolares, se los mostró
a la princesa, quien la miró desconcertada.
—¿Por qué hace esto? —Le preguntó ella.
—Era amiga de tus padres. El día de su accidente ellos me dijeron que si algo malo pasaba con ellos, yo debía de ser quien te cuidara. Ocurrió el accidente, traté de ganar tu custodia, pero tu hermano te arrebató de mis brazos. He visto como te ha hecho daño, como te ha maltratado, no pude hacer nada, solo podía mirar desde lejos. El dinero que te he estado dando ha sido el dinero que dejaron tus padres a tu nombre. Básicamente, todo el dinero que tenían. No podía entregárselo a tu hermano, no sabiendo de lo que era capaz.
—Gracias —Le dijo la princesa —Tengo que irme. Ya es muy tarde para que llegue a la escuela.
—Te llevo, así llegas un poco más rápido.
—¿Por qué hace esto? —Le preguntó ella.
—Era amiga de tus padres. El día de su accidente ellos me dijeron que si algo malo pasaba con ellos, yo debía de ser quien te cuidara. Ocurrió el accidente, traté de ganar tu custodia, pero tu hermano te arrebató de mis brazos. He visto como te ha hecho daño, como te ha maltratado, no pude hacer nada, solo podía mirar desde lejos. El dinero que te he estado dando ha sido el dinero que dejaron tus padres a tu nombre. Básicamente, todo el dinero que tenían. No podía entregárselo a tu hermano, no sabiendo de lo que era capaz.
—Gracias —Le dijo la princesa —Tengo que irme. Ya es muy tarde para que llegue a la escuela.
—Te llevo, así llegas un poco más rápido.
La
mujer le entregó a la princesa la mochila, metió en ella las
libretas y los demás objetos, luego ambas salieron de la casa y se
dirigieron al auto de la mujer. En el trayecto, la mujer hablaba de
las vivencias que tuvo con sus padres, ella parecía no prestar
atención a lo que decía, y en lugar de eso se tocaba los moretones
que le habían quedado en las manos. No tardaron mucho en llegar a la
escuela, la mujer se estacionó frente a la puerta de metal, la niña
salió de inmediato del auto y corrió. Antes de llegar a la puerta,
la princesa se dio la vuelta.
—Gracias —Le repitió ella.
—De nada —Contestó la mujer.
—Gracias —Le repitió ella.
—De nada —Contestó la mujer.
La
princesa entró, intentaba simular estar en buen estado, estando
completamente destrozada, tanto física como moralmente. Llegó al
salón de clases, fue a su asiento y se quedó allí hasta que llegó
el receso, cuando fue la hora de salir al patio, ella fue
directamente a su escondite. Trató de mantenerse calmada, intentaba
evitar pensar en las heridas y en los golpes, las risas y los gritos
de sus compañeros no lo hacían muy fácil, y mucho menos cuando le
arrojaban balones. Poco a poco, como una olla de presión, comenzó a
llenarse de ira y frustración, de impotencia y de rencor, un último
golpe con una pelota terminó por hacerla explotar: Saltó de entre
los arbustos, se abalanzó contra la pelota y le enterró unas
tijeras, dejándola completamente inservible. Todos podían ver su
mirada de enojo, una mirada que producía miedo en quienes la veían.
Todos corrieron horrorizados por ella. Se dio la vuelta y regresó a
su escondite, donde por fin logró pensar en calma.
Llegó
la hora de regresar al salón de clases, y aunque no quisiera hacerlo
no tenía otra opción. Fue la última en entrar, y cuando lo hizo
pudo notar la mirada asustada de algunos de sus compañeros, ella
sonrío sabiendo esto. El resto del día pasó sin problemas, ella no
tuvo que pasar al frente del salón ha responder algún problema, o a
exponer nada, tuvo la suerte de poder quedarse en su lugar, mirando
hacia el exterior por la ventana. El día había empezado mal, pero
había llegado a parecer uno de los mejores días. Las clases
terminaron, ella fue la primera en salir de la escuela, y fue
directamente hacia donde ella y sus amigas se reunirían: En la casa
abandonada. Se veía feliz, alegre, a pesar de que todo su cuerpo
estaba cubierto por marcas, moretones y cortadas. No le importaba
nada de eso, simplemente quería ver a sus amigas. Llegó al jardín
de la casa, de allí se dirigió al patio trasero y luego hacia la
puerta que daba al interior de la casa. Al abrirla, vio a sus dos
amigas sentadas en la mesa. A diferencia de las otras reuniones, esa
vez había un enorme pastel en medio de la mesa en lugar de los
panqués y dulces que normalmente comían.
—Se acordaron —Gritó ella llena de alegría.
—Se acordaron —Gritó ella llena de alegría.
Ambas
se levantaron de sus sillas y fueron a abrazarla.
—Por supuesto que nos acordaríamos de tu cumpleaños. Eres nuestra amiga y nunca ocurriría eso —Le contestó Sofía.
—Muchas, muchas gracias —Les dijo ella mientras lloraba.
—Lo siento, ¿estas bien? —Le preguntó la pequeña princesa.
—Sí... es solo que, hoy mi hermano me logró agarrar.
—No, ¿Te duele algo, te podemos ayudar con algo?
—Esto que han hecho es suficiente. Fueron las únicas personas que se acordaron de mi cumpleaños, y para mí eso es suficiente.
—Vamos, ven a la mesa a partir tu pastel. Como mínimo podrás descansar un poco en lugar de estar parada —Le dijo Sofía.
—Gracias, a las dos. Muchas gracias —Les dijo ella mientras caminaba hacia la mesa.
—Por supuesto que nos acordaríamos de tu cumpleaños. Eres nuestra amiga y nunca ocurriría eso —Le contestó Sofía.
—Muchas, muchas gracias —Les dijo ella mientras lloraba.
—Lo siento, ¿estas bien? —Le preguntó la pequeña princesa.
—Sí... es solo que, hoy mi hermano me logró agarrar.
—No, ¿Te duele algo, te podemos ayudar con algo?
—Esto que han hecho es suficiente. Fueron las únicas personas que se acordaron de mi cumpleaños, y para mí eso es suficiente.
—Vamos, ven a la mesa a partir tu pastel. Como mínimo podrás descansar un poco en lugar de estar parada —Le dijo Sofía.
—Gracias, a las dos. Muchas gracias —Les dijo ella mientras caminaba hacia la mesa.
El
pastel de tres pisos yacía en el centro de la mesa como la principal
atracción, a un lado había un par de cajas envueltas en papel de
regalo, ambas adornadas con un enorme moño. El pastel era de color
rosa, y en cada piso había varias velas rodeándolo, en el último
piso, una silla, en donde la muñeca de la princesa iría. De
inmediato ella captó la idea, corrió de vuelta a su mochila y sacó
a su muñeca, que tenía un fuerte olor a cerveza, ninguna de ellas
se dio cuenta de eso. Corrió de vuelta a la mesa; llena de emoción
por ver el pastel terminado, llevó a la muñeca a la cima del
pastel, lo hizo tan rápido que no se dio cuenta de que su suéter
había terminado sobre una de las velas. La muñeca estaba ya casi
colocada en la silla sobre el pastel, cuando Sofía logró ver como
el suéter de ella se encendía.
—¡Erika! —Le gritó Sofía a la princesa del crepúsculo.
—¡Erika! —Le gritó Sofía a la princesa del crepúsculo.
Ella se miró el brazo, y como reflejo lo alejó tan
rápido como pudo del fuego, arrojando también a la muñeca sobre
una de las velas. Mientras la pequeña princesa le apagaba el fuego
del brazo y Sofía buscaba agua, ninguna vio como el vestido de la
muñeca se incendiaba rápidamente por el efecto que había provocado
la cerveza en su vestido, no se dieron cuanta de esto hasta que el
vestido estuvo completamente en llamas. Sofía fue la que se dio
cuenta, y al ver la escena les avisó de inmediato a las otras dos.
La princesa del crepúsculo, Erika, miraba a la muñeca lentamente
mancharse de negro para luego ver el plástico llenarse de pequeñas
burbujas.
—¡Hay que apagar el fuego! —Le dijo Sofía a las dos princesas.
—Espera, mírala. ¿Sabes lo que significa? —Le dijo la pequeña princesa a Sofía.
—¡Hay que apagar el fuego! —Le dijo Sofía a las dos princesas.
—Espera, mírala. ¿Sabes lo que significa? —Le dijo la pequeña princesa a Sofía.
Ambas miraron a Erika, quien observaba con increíble
interés como su muñeca ardía. El olor a plástico quemándose
llegó a la nariz de Erika, ella sonrió a esto, con el cuchillo que
tenían pensado usar para cortar el pastel decidió quitar a la
muñeca del fuego. Esta seguía burbujeando, su vestido había
desaparecido por completo, y una gran parte de su cuerpo había
quedado deforme al haber comenzado a deshacerse el plástico que con
conformaba; la larga cabellera de la muñeca se había quemado,
dejando solo algunas marañas de cabello restantes. Un humo negro
emanaba de la muñeca, un humo que Erika respiraba. Ella se dio la
vuelta mientras sujetaba a la muñeca con el cuchillo. Su rostro
estaba extasiado, tenía una expresión de satisfacción, y una gran
sonrisa de oreja a oreja.
—¿Quieren un poco de pastel? —Les preguntó Erika.
—¿Te sientes bien? —Le preguntó Sofía.
—Me siento mejor que nunca. Vamos, siéntense, tenemos un gran pastel que comer.
—¿Quieren un poco de pastel? —Les preguntó Erika.
—¿Te sientes bien? —Le preguntó Sofía.
—Me siento mejor que nunca. Vamos, siéntense, tenemos un gran pastel que comer.
Las
otras dos princesas se vieron con nerviosismo, luego sonrieron y
fueron a la mesa. Erika puso el cuchillo junto con la muñeca a un
lado del pastel, tomó otro de los cuchillos que había en la mesa y
removió la parte del pastel que había terminada cubierta por cera y
plástico quemado. Limpió el cuchillo luego de haber quitado la
cubierta, y luego prosiguió a cortar rebanadas del pastel.—Vanessa,
¿lo viste, verdad? —Le dijo Sofía a la pequeña princesa.
—Sí. Encontró su habilidad —Le contestó ella.
—Sí. Encontró su habilidad —Le contestó ella.
Ambas
tomaron una de las rebanadas que Erika les entregó, comían rebanada
tras rebanada mientras se contaban historias, charlaban, y se decían
sus planes para el futuro. Llegó la noche, había quedado más de la
mitad del pastel, decidieron dividirlo entre tres partes para que
pudieran comer pastel por el resto de la semana. Antes de irse,
Vanessa las detuvo unos minutos.
—Este día, no importa que tan mal haya comenzado, ha llegado a volverse uno de nuestros mejore días juntos. Ella ahora sabe cual es su habilidad, las tres estamos completas, y ahora podemos proseguir y seguir avanzando como amigas. Términos este día como es debido: Brindemos —Les dijo Vanessa.
—Este día, no importa que tan mal haya comenzado, ha llegado a volverse uno de nuestros mejore días juntos. Ella ahora sabe cual es su habilidad, las tres estamos completas, y ahora podemos proseguir y seguir avanzando como amigas. Términos este día como es debido: Brindemos —Les dijo Vanessa.
Se
acercó a su mochila, la abrió y sacó una botella, se acercó a la
mesa, puso tres vasos sobre ella y miró a las otras dos.
—¿Qué es? —Preguntó Erika con curiosidad.
—Leche con chocolate —Respondió Vanessa con alegría.
—¿En serio vamos a celebrar con eso...? —Le dijo Sofía, luego suspiró —... Bien, pero la siguiente vez yo decidiré con que brindaremos.
—¿Qué es? —Preguntó Erika con curiosidad.
—Leche con chocolate —Respondió Vanessa con alegría.
—¿En serio vamos a celebrar con eso...? —Le dijo Sofía, luego suspiró —... Bien, pero la siguiente vez yo decidiré con que brindaremos.
Ellas
dos se acercaron a la mesa, Erika llevaba en sus brazos los regalos
que le habían dado: una caja con varios vestidos de muñecas; una
nueva tetera con sus respectivas tazas y platos que combinaban
perfectamente entre sí; un suéter para ella; y un collar con forma
de lágrima. Dejó sus regalos en la mesa mientras veía como Vanessa
llenaba los vasos con la leche. Cuando estuvieron llenos, las tres al
mismo tiempo fueron a tomar uno de los vasos.
—Celebremos por este día, y esperemos a que tengamos muchos más como este.
—Celebremos por este día, y esperemos a que tengamos muchos más como este.
Las
tres alzaron sus vasos, los chocaron unos contra otros y luego
bebieron su contenido...
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