15 may 2014

Pequeñas Princesas: Creciendo Parte 3/3

 "Logró cubrirse el rostro con sus manos, pero estas terminaron siendo cortadas al momento en que la botella las golpeó y se rompió. Ella terminó empapada en cerveza..."


Habían pasado semanas desde el incidente que ocurrió en la casa de la princesa del agua, y por fin, tras un largo tiempo las tres princesas se reunían de nuevo.
La pequeña princesa llevó una cesta llena de panqués, la princesa del agua los platos, los cubiertos y los vasos; y la princesa del crepúsculo los muebles de las muñecas, algunas bebidas y dulces.
—¿Será suficiente? —Preguntó la princesa del crepúsculo mientras miraba a la princesa del agua.
—Creo que sí. Hubiera comprado más pero fui yo quien se llevó los últimos diez hámsteres —Le contestó la princesa del agua.
—Si no son suficientes recuerden que aún tenemos las ratas que viven en la casa. Podemos cazarlas y tener para un par de horas más —Les dijo la pequeña princesa.
—Bueno, adelante, llenamos la tina antes de que llegaras para que tuvieras más tiempo para poner a prueba tu habilidad —Le dijo la princesa del crepúsculo.
—Gracias. Por favor, preparen la mesa. Estaré arriba, si necesito algo les aviso, lo mismo para ustedes. Ella comenzó a subir las escaleras, cargando consigo una jaula cubierta con una enorme camisa negra.
—Espera, Sofía. Cuidado con las mordidas —Le dijo la pequeña princesa a la princesa del agua.
Ella sonrío, luego siguió subiendo por las escaleras. Llegó a la puerta del baño, la empujó lentamente y luego entró dentro. Se puso en cuclillas estando frente a la tina, quitó la camisa que cubría la jaula. Diez hámsteres corrían de un lado a otro, al ver la mano de Sofía acercarse a la jaula todos corrieron hacia el lado contrario por donde esta llegaba. Su mano tocó la pequeña puerta metálica, quitó el pequeño seguro que evitaba que la pequeña puerta se abriera, y luego la deslizó hacia arriba. Metió la mano en la jaula, uno de los pequeños animales, lleno de curiosidad se acercó a la mano, sin tener una idea de su horrible final.
Las otras dos princesas limpiaban la mesa que había en el comedor, quitaban los platos enmohecidos, las flores marchitas; los cubiertos oxidados y los manteles putrefactos. Lo que lograron hacer con poco tiempo fue algo que incluso las sorprendió a ellas mismas. Colocaron un largo mantel blanco que cubría el cristal manchado y la madera podrida que conformaban la mesa. Colocaron los cubiertos de plata que Sofía había llevado, al igual que los platos transparentes de cristal, las tazas, las copas y los vasos. Colocaron una cesta en medio de la mesa, sacaron varios termos y una enorme tetera. Colocaron a las muñecas al otro extremo de la mesa, las acomodaron y sentaron rodeando su propia mesa de té, detrás de ellas, su pequeña casa se alzaba. Pero no solo fueron las muñecas, también los peluches con los que habían hecho experimentos se les unieron, acomodándolos en un sofá y un par de sillas de jardín. Arrojaron las sillas que había cerca de la mesa, reemplazándolas con sillas de jardín que llevaron desde la casa de la pequeña princesa.
—¿Quedó bien, no? —Dijo la princesa del crepúsculo llena de orgullo.
—Sí. Vamos a ver como le fue a Sofía —Le dijo la pequeña princesa.
Ambas subieron por las escaleras, llegaron a la puerta del baño, y miraron a escondidas entre la pequeña apertura que había entre la puerta y el marco, miraron con detalle lo que Sofía hacía. Ella metía violentamente la mano dentro de la jaula, apretaba con fuerza a los pobres roedores, y de inmediato los sumergía dentro de la tina.
—Esto es lo que ella puede hacer. Mírala realizar su magia, mírala mientras trabaja —Le susurró la pequeña princesa a la del crepúsculo.
El último roedor salió de la jaula, y mientras era apretado con fuerza por las suaves manos de Sofía este gritaba, chillaba, probablemente lleno de terror, probablemente por el insoportable dolor que daba el ser apretado con tanta fuerza. Lentamente voló hacia la tina, llevado por las manos que lo apretaban, estando sobre la tina fue violentamente lanzado contra el agua, para luego ser atrapado de nuevo por las manos, y luego ser retenido contra su voluntad debajo del agua. Al momento en que el roedor golpeó el agua, se pudo escuchar el fuerte golpe que recibió al ser golpeado por el agua, y no solo eso, se pudo ver la fuerza con la que fue golpeado cuando un montón de agua salpicó. Se agitaba violentamente intentando escapar de su horrible destino, el de morir ahogado, pero sus esfuerzos no hacían nada más que aumentar su dolor, no tardó mucho en perder las fuerzas, las esperanzas en salir de allí con vida; al final descansó. Luego de tener que respirar agua y sentir un fuerte dolor en su pecho mientras sus pulmones se llenaban de agua. Las manos soltaron el cuerpo del ya fallecido roedor, que flotó hacia la superficie del agua, uniéndolos a los cuerpos de los demás hámsteres, que uno pasaron por el mismo trágico destino que este último, todos muriendo de la misma forma.
Sofía tenía los brazos tendidos en el suelo, escurriendo agua de ellos; ella miraba con orgullo los cuerpos flotantes de los roedores. Una sonrisa se marcó en su rostro al mirar lo que había logrado. Lentamente se levantó del suelo, tomó una toalla que había colgada en un tubo y se secó los brazos y las manos. Las dos princesas entraron corriendo al interior del baño y abrazaron a Sofía una vez que vieron que había terminado.
—¡Lo hiciste! —Le dijo la pequeña princesa llena de alegría.
—¿Cómo te sientes? —Le preguntó con curiosidad la princesa del crepúsculo mientras continuaba abrazándola.
—Bien. Siento como si hubiera perdido un gran peso de encima. Me siento... libre, y como si pudiera hacer cualquier cosa —Les dijo ella mientras les regresaba el abrazo a ambas —¿Pusieron la mesa?
—Sí, espero que te guste como la dejamos —Le contestó la pequeña princesa.
La princesa del agua, Sofía, fue la primera en bajar, las otras dos miraron por varios segundos el gran logro de ella, los roedores flotando en el agua de la tina de baño, luego apagaron la luz y bajaron al comedor, en donde se encontraron con Sofía mirando la mesa.
—¡Está espectacular! —Les dijo Sofía impresionada.
Las otras dos se sonrieron, alagadas por las palabras de Sofía. Las tres se fueron a sentar alrededor de la mesa. Las sillas de jardín no era muy cómodas, pero al menos no tuvieron que sentarse en las sillas enmohecidas que había originalmente en la casa.
—¿Te sirvo té? —Le preguntó Sofía a la princesa del crepúsculo.
—Sí —Le respondió ella con alegría.
—Oye, ¿cuál crees que sea tu habilidad? —Le preguntó la pequeña princesa a la del crepúsculo.
—No lo sé, puede ser cualquier cosa. Pero no importa que sea, espero que sea igual de buena que las de ustedes.
Abrió el cesto y comenzó a sacar los panecillos de este, acomodándolos sobre un planto en medio de las tres; Cuando estuvieron acomodados, las tres tomaron un panecillo y comenzaron a comérselo.
Los días pasaron, continuaron reuniéndose en la misma casa, todos los días a la misma hora. Se tomaban un día para practicar sus habilidades, otro día para comer dulces, golosinas y jugar con sus muñecas, y el tercer día, para buscar la habilidad de la princesa del crepúsculo. A pesar de que no daban con nada, no perdían la esperanza de poder encontrar su habilidad especial.
Los días fueron pasando, siguieron reuniéndose sin problemas; la pequeña princesa simplemente se salía de su casa; Sofía le pedía permiso a su padre, quien siempre de inmediato se lo daba; y al final, la princesa del crepúsculo, quien debía de escabullirse para poder salir de su casa, ya que su hermano, en cuanto la veía la agarraba a golpes y a bofetadas. Ninguna vez fue atrapada mientras escapaba de su celda a la que llamaba “casa”; siempre que regresaba corría a esconderse a su habitación, esperando a que su hermano no la encontrara y la agarrara a golpes durante toda la noche.
Ella dormía en su pequeño escondite dentro de su armario, comenzó a escuchar golpes viniendo de la habitación contigua, se despertó, como siempre, evitó salir de su habitación ya que sabía que su hermano se desahogaría con ella. Simplemente se quedó en cuclillas, escuchando como su hermano golpeaba algo una y otra vez en la habitación de al lado. En sus manos sujetaba a su muñeca de vestido naranja, le acariciaba el cabello mientras los golpes en el muro eran más fuertes. Se levantó, tomó un suéter y se lo puso, cubriendo los moretones que tenía de días anteriores, de las veces en que su hermano la encontraba y la golpeaba. Metió su muñeca dentro de su mochila y salió de la casa tan pronto como pudo, aprovechando que su hermano estaba descuidado.
Fue al parque, como todas las mañanas de cada día, y se sentó en una banca frente a un estanque. Había algunas palomas cerca de ella, patos en el agua dentro del estanque, y unos cuantos perros hurgando en la basura que estaba detrás de ella. Se sentaba allí por horas, parecía no estar haciendo nada, pero en realidad ella se sumergía en su pequeño mundo de fantasías, en donde no había nadie que le hiciera daño, o que se burlara de ella; en donde sus amigas siempre estaban para ayudarla, en donde podía comer cuantos dulces quisiera; podía vivir lo que no podía en la realidad. Al paso de las horas ella se levantó y fue a la escuela. A pesar de que llegaba tarde no parecía que ningún profesor le molestara, nadie sabía con detalle la razón de esto, ni si quiera la misma princesa del crepúsculo. Se sentaba hasta el fondo del salón, en su preciada silla. A pesar de que parecía no importarle mucho lo que se veía en clase, sus trabajos y exámenes eran los más altos; ella tenía el mejor promedio de la escuela. Parecía descuidada, pero era de los alumnos más perfeccionistas que había pisado esa institución, siempre cuidando que todo se mantuviera en su lugar.
No tenía amistades dentro de su salón, y mucho menos dentro de la escuela. Durante el descanso ella se iba a sentar detrás de unos arbustos, allí tenía incluso un pequeño trozo de tela que había puesto en el suelo para evitar ensuciarse de tierra. Se la pasaba todo el receso allí, esperando a que diera la hora para regresar a clases. A veces se llevaba un libro para leer, todos los días siendo uno diferente. Su actitud introvertida era de lo más destacable de su persona, incluso llegaba a ser extraño, ya que cuando se le preguntaba algo en clase, simplemente su boca se abría y dejaba salir las palabras como si todo el tiempo estuviese hablando. Cuando se trataba de algo de la clase, ella hablaba, mientras que si se trataba de alguien invitándola a pasar el descanso con ellos, o si le hablaban, ella simplemente se sonrojaba, agachaba la cabeza y hacía como si no escuchara nada. Algunos maestros tenían un gran interés en ella, sabían que había algo que la aquejaba, además de lo de la muerte de sus padres, que no había ocurrido hace mucho tiempo. Al igual que antes, su rutina era llegar, estar “atenta” a la clase, pasar el receso sola y esperar a que terminaran las clases.
Al terminar las clases, ella iba directamente con sus dos mejores amigas: la pequeña princesa y Sofía, conocida también como la princesa del agua. Las tres se reunían diariamente luego de clases, siempre en la casa abandonada a un lado de la casa de la pequeña princesa. Era una rutina que ya se les había hecho tradición, una rutina que no podían cambiar. Pero eso no era más que parte de la vida monótona de la princesa del crepúsculo; todos los días pasando por lo mismo, viviendo con miedo, teniendo que dejar la realidad para poder pasar buenos momentos, y terminando el día con otras dos personas, personas con las que nunca creyó llegaría a compartir tanto, no solo una amistad, si no también una afición con ellas. Cada día, una y otra vez ella tenía que pasar por lo mismo, algunos días era mucho peor: su hermano la lograba detener antes de que saliera de la casa y este la golpeaba hasta que se aburría; otras veces, durante el receso, pelotas eran arrojadas contra su escondite, estando ella dentro, además, sus compañeros se burlaban de ella cuando llegaba cubierta de tierra al salón de clases. Pero no todo era malo, algunos días las cosas salían mejor de lo esperado: Una mujer a veces la iba a visitar al parque, allí le entregaba un sobre con dinero, con lo que podía comprarse algunos dulces y guardar el resto; otras veces se cancelaban las clases por algún evento o día festivo, por lo que ella podía pasar todo el día con sus amigas.
Su vida estaba llena de subidas y caídas, de cosas buenas y malas. A pesar de que él fuese su hermano, deseaba con muchas fuerzas que muriera, le deseaba una muerte lenta y dolorosa, y había prometido que cuando eso ocurriera ella estaría presente para verlo morir.
La misma rutina se repitió: se despertó llena de miedo, se cambió de ropa y caminó con la esperanza de lograr salir de su casa, pero este había sido uno de esos días malos. Su hermano la esperaba en la puerta con una botella de cerveza en la mano, desde las escaleras se podía percibir el fuerte olor de la cerveza que había sido derramada en su ropa.
—¿A dónde crees que vas? —Le preguntó él.
—A la escuela, voy tarde... por favor, déjame pasar —Le contestó ella tímidamente.
—¿Crees que no me he dado cuenta?, ¿Crees que no sé a dónde te desapareces todas las tardes? —Tomó un poco de la botella y la siguió mirando.
—Por favor, tengo que irme.
—No irás a ningún lado maldita estúpida —Le gritó él mientras le arrojaba la botella.
Logró cubrirse el rostro con sus manos, pero estas terminaron siendo cortadas al momento en que la botella las golpeó y se rompió. Ella terminó empapada en cerveza.
—¡Mira lo que hiciste. La rompiste! —Le gritó él.
—No fui yo, fuiste tú, me la arrojaste —Le contestó ella mientras se alejaba de él.
—¿Con que muy lista eh? Bien, veremos si eres tan lista luego de que te de tu merecido.
—No, por favor no —Gritó ella llena de miedo.
Dejó caer su mochila al suelo mientras salía corriendo huyendo de su hermano, quien había tomado un cucharón de madera como arma. Ella logró subir las escaleras luego de haberse tropezado varias veces mientras huía, llegó a si habitación y cerró la puerta. Corrió hacia su escondite y allí se quedó, se tiró al suelo, quedando en cuclillas, esperando a que su hermano se fuera, pero no lo hacía, y con cada minuto que pasaba él se irritaba aún más, llegando al punto en que comenzó a patear la puerta. Ella sollozaba, temblaba del miedo, y esperaba a que no la encontrara. Un fuerte golpe se escuchó: había sido la puerta que había terminado de romperse luego de las múltiples patadas que el le había dado.
—¿Dónde estás maldita? —Dijo él con furia.
Ella miraba por entre los pequeños orificios que había en la puerta de su armario como el pasaba constantemente frente a la puerta, evitando que la luz entrara ha donde ella se encontraba.
—Sé que estás aquí. Te encontraré.
Ella comenzó a llorar, se cubrió la boca para evitar que los ruidos que venían con el llanto la delataran. Lágrimas corrieron por sus mejillas, cada vez que su hermano golpeaba la puerta ella se llenaba de miedo. No tenía lugar a donde ir, estaba encerrada, y no parecía ser que su abusador fuese a irse muy pronto. La puerta comenzó a ser golpeada, con cada golpe ella sentía que algo horrible estaba por ocurrir. De pronto, la manija de la puerta comenzó a moverse, ella la había cerrado con llave, por lo que la manija solo se movía.
—Así que allí estás. Sabía que no te habías ido muy lejos.
La manija comenzó a moverse violentamente, ella se levantó del suelo y se alejó cuanto pudo de la entrada a su armario. La puerta comenzó a agitarse, él jalaba la puerta hacía adelante y atrás, intentando tirarla. Al no lograr nada comenzó a patearla, eso si funcionó, la puerta fue rompiéndose por la mitad, hasta que con una última patada logró romperla por completo.
—No, por favor no —Le suplicaba ella.
Él simplemente la miraba, tenía una expresión de ira, y una sonrisa malévola que horrorizó a la princesa. Ella trató de correr por un lado, pero el logró sujetarla del cabello y la azotó dos veces contra el muro, luego salió del armario arrastrándola a ella del cabello.
—No —Suplicó ella mientras lloraba.
—Pagarás por lo que hiciste jovencita —Se burló él.
Con la cuchara de madera comenzó a golpearle las manos, luego comenzó a golpearle los brazos, para luego empujarla al suelo y comenzar a patearla.
Siguió abusando de ella, dándole repetidamente con un palo de escoba; azotándola con cinturón, y dejando caer encima de ella cerveza. Al final, como ella esperaba, terminó por aburrirse, salió de la habitación y no regresó. Ella temblaba del dolor, apenas podía moverse, tenía heridas en todo su cuerpo, y todas ellas le ardían por el alcohol que les había caído. Trató de levantarse del suelo repetidas veces, siendo en vano ya que terminaba por caerse. Trató de levantarse una última vez, siendo esta cuando logró mantenerse de pie. Regresó al armario, tomó un cambio de ropa, bajó las escaleras tan rápido como sus heridas la dejaban, tomó su mochila y salió de la casa.
Mientras caminaba en la calle, ella se encontró con la mujer que le daba dinero, ella, al ver el estado de la princesa fue a ayudarla.
—Cielos, ¿fue tu hermano verdad? —Preguntó la mujer mientras la miraba.
Ella no respondió, y en lugar de eso dejó salir algunas lágrimas.
—Ven aquí mi niña. Vamos a mi casa, te darás un baño y te curaré esas heridas —Le dijo la mujer.
Ella no dijo nada, pero tampoco se rehusó por lo que la mujer decidió llevársela. La mujer la subió a un auto, luego ella la llevó a su casa, allí, llevó a la princesa al baño, en donde hizo que se diera una ducha. Mientras se bañaba, intentaba no pensar en el dolor que le provocaban las heridas al ser tocadas por el jabón. Terminó de bañarse, salió oliendo a frutos rojos, cubriendo completamente el hecho de que la habían bañado en cerveza. Tomó su cambio de ropa y se vistió, al salir, la mujer la esperaba con un botiquín.
—Sabía que era una mala idea el haberte dejado con él. Debí de haberte tomado en mis brazos en cuanto pude —Le dijo la mujer.
Ella simplemente evitaba mirarla, además de que no quería que viera su rostro de dolor que ponía cada vez que ella le restregaba un algodón con alcohol en las heridas. La mujer terminó, se levantó y acarició la cabeza de la princesa. Ella fue al baño con su pequeña mochila, y comenzó a sacar las libretas y otras cosas que estuviesen dentro, entre ellas, su muñeca. La abrazó con fuerza, unas cuantas lágrimas corrieron por su rostro. La mujer pasó a un lado del baño y la vio llorando, se le acercó y la abrazó.
—Ya pasó. Ahora estás a salvo —Le dijo la mujer.
Ella se fue, dejando a la princesa sola en el baño, ella comenzó a limpiar sus libretas con papel de baño, intentando quitarles el olor a cerveza; pero no solo lo hacía con sus libretas, si no que también con todo lo demás que estuvo dentro, incluyendo a la muñeca y a la misma mochila. No lograba quitarle el olor a nada, y sin más esperanzas dejó caer todo al suelo y comenzó a llorar. Había pasado ya varias semanas desde que su hermano no la había golpeado, había pasado tanto que él terminó por desquitarse todos esos días que no pudo golpearla. La mujer llegó con una mochila, un par de libretas, lápices y otros utensilios escolares, se los mostró a la princesa, quien la miró desconcertada.
—¿Por qué hace esto? —Le preguntó ella.
—Era amiga de tus padres. El día de su accidente ellos me dijeron que si algo malo pasaba con ellos, yo debía de ser quien te cuidara. Ocurrió el accidente, traté de ganar tu custodia, pero tu hermano te arrebató de mis brazos. He visto como te ha hecho daño, como te ha maltratado, no pude hacer nada, solo podía mirar desde lejos. El dinero que te he estado dando ha sido el dinero que dejaron tus padres a tu nombre. Básicamente, todo el dinero que tenían. No podía entregárselo a tu hermano, no sabiendo de lo que era capaz.
—Gracias —Le dijo la princesa —Tengo que irme. Ya es muy tarde para que llegue a la escuela.
—Te llevo, así llegas un poco más rápido.
La mujer le entregó a la princesa la mochila, metió en ella las libretas y los demás objetos, luego ambas salieron de la casa y se dirigieron al auto de la mujer. En el trayecto, la mujer hablaba de las vivencias que tuvo con sus padres, ella parecía no prestar atención a lo que decía, y en lugar de eso se tocaba los moretones que le habían quedado en las manos. No tardaron mucho en llegar a la escuela, la mujer se estacionó frente a la puerta de metal, la niña salió de inmediato del auto y corrió. Antes de llegar a la puerta, la princesa se dio la vuelta.
—Gracias —Le repitió ella.
—De nada —Contestó la mujer.
La princesa entró, intentaba simular estar en buen estado, estando completamente destrozada, tanto física como moralmente. Llegó al salón de clases, fue a su asiento y se quedó allí hasta que llegó el receso, cuando fue la hora de salir al patio, ella fue directamente a su escondite. Trató de mantenerse calmada, intentaba evitar pensar en las heridas y en los golpes, las risas y los gritos de sus compañeros no lo hacían muy fácil, y mucho menos cuando le arrojaban balones. Poco a poco, como una olla de presión, comenzó a llenarse de ira y frustración, de impotencia y de rencor, un último golpe con una pelota terminó por hacerla explotar: Saltó de entre los arbustos, se abalanzó contra la pelota y le enterró unas tijeras, dejándola completamente inservible. Todos podían ver su mirada de enojo, una mirada que producía miedo en quienes la veían. Todos corrieron horrorizados por ella. Se dio la vuelta y regresó a su escondite, donde por fin logró pensar en calma.
Llegó la hora de regresar al salón de clases, y aunque no quisiera hacerlo no tenía otra opción. Fue la última en entrar, y cuando lo hizo pudo notar la mirada asustada de algunos de sus compañeros, ella sonrío sabiendo esto. El resto del día pasó sin problemas, ella no tuvo que pasar al frente del salón ha responder algún problema, o a exponer nada, tuvo la suerte de poder quedarse en su lugar, mirando hacia el exterior por la ventana. El día había empezado mal, pero había llegado a parecer uno de los mejores días. Las clases terminaron, ella fue la primera en salir de la escuela, y fue directamente hacia donde ella y sus amigas se reunirían: En la casa abandonada. Se veía feliz, alegre, a pesar de que todo su cuerpo estaba cubierto por marcas, moretones y cortadas. No le importaba nada de eso, simplemente quería ver a sus amigas. Llegó al jardín de la casa, de allí se dirigió al patio trasero y luego hacia la puerta que daba al interior de la casa. Al abrirla, vio a sus dos amigas sentadas en la mesa. A diferencia de las otras reuniones, esa vez había un enorme pastel en medio de la mesa en lugar de los panqués y dulces que normalmente comían.
—Se acordaron —Gritó ella llena de alegría.
Ambas se levantaron de sus sillas y fueron a abrazarla.
—Por supuesto que nos acordaríamos de tu cumpleaños. Eres nuestra amiga y nunca ocurriría eso —Le contestó Sofía.
—Muchas, muchas gracias —Les dijo ella mientras lloraba.
—Lo siento, ¿estas bien? —Le preguntó la pequeña princesa.
—Sí... es solo que, hoy mi hermano me logró agarrar.
—No, ¿Te duele algo, te podemos ayudar con algo?
—Esto que han hecho es suficiente. Fueron las únicas personas que se acordaron de mi cumpleaños, y para mí eso es suficiente.
—Vamos, ven a la mesa a partir tu pastel. Como mínimo podrás descansar un poco en lugar de estar parada —Le dijo Sofía.
—Gracias, a las dos. Muchas gracias —Les dijo ella mientras caminaba hacia la mesa.
El pastel de tres pisos yacía en el centro de la mesa como la principal atracción, a un lado había un par de cajas envueltas en papel de regalo, ambas adornadas con un enorme moño. El pastel era de color rosa, y en cada piso había varias velas rodeándolo, en el último piso, una silla, en donde la muñeca de la princesa iría. De inmediato ella captó la idea, corrió de vuelta a su mochila y sacó a su muñeca, que tenía un fuerte olor a cerveza, ninguna de ellas se dio cuenta de eso. Corrió de vuelta a la mesa; llena de emoción por ver el pastel terminado, llevó a la muñeca a la cima del pastel, lo hizo tan rápido que no se dio cuenta de que su suéter había terminado sobre una de las velas. La muñeca estaba ya casi colocada en la silla sobre el pastel, cuando Sofía logró ver como el suéter de ella se encendía.
—¡Erika! —Le gritó Sofía a la princesa del crepúsculo.
Ella se miró el brazo, y como reflejo lo alejó tan rápido como pudo del fuego, arrojando también a la muñeca sobre una de las velas. Mientras la pequeña princesa le apagaba el fuego del brazo y Sofía buscaba agua, ninguna vio como el vestido de la muñeca se incendiaba rápidamente por el efecto que había provocado la cerveza en su vestido, no se dieron cuanta de esto hasta que el vestido estuvo completamente en llamas. Sofía fue la que se dio cuenta, y al ver la escena les avisó de inmediato a las otras dos. La princesa del crepúsculo, Erika, miraba a la muñeca lentamente mancharse de negro para luego ver el plástico llenarse de pequeñas burbujas.
—¡Hay que apagar el fuego! —Le dijo Sofía a las dos princesas.
—Espera, mírala. ¿Sabes lo que significa? —Le dijo la pequeña princesa a Sofía.
Ambas miraron a Erika, quien observaba con increíble interés como su muñeca ardía. El olor a plástico quemándose llegó a la nariz de Erika, ella sonrió a esto, con el cuchillo que tenían pensado usar para cortar el pastel decidió quitar a la muñeca del fuego. Esta seguía burbujeando, su vestido había desaparecido por completo, y una gran parte de su cuerpo había quedado deforme al haber comenzado a deshacerse el plástico que con conformaba; la larga cabellera de la muñeca se había quemado, dejando solo algunas marañas de cabello restantes. Un humo negro emanaba de la muñeca, un humo que Erika respiraba. Ella se dio la vuelta mientras sujetaba a la muñeca con el cuchillo. Su rostro estaba extasiado, tenía una expresión de satisfacción, y una gran sonrisa de oreja a oreja.
—¿Quieren un poco de pastel? —Les preguntó Erika.
—¿Te sientes bien? —Le preguntó Sofía.
—Me siento mejor que nunca. Vamos, siéntense, tenemos un gran pastel que comer.
Las otras dos princesas se vieron con nerviosismo, luego sonrieron y fueron a la mesa. Erika puso el cuchillo junto con la muñeca a un lado del pastel, tomó otro de los cuchillos que había en la mesa y removió la parte del pastel que había terminada cubierta por cera y plástico quemado. Limpió el cuchillo luego de haber quitado la cubierta, y luego prosiguió a cortar rebanadas del pastel.—Vanessa, ¿lo viste, verdad? —Le dijo Sofía a la pequeña princesa.
—Sí. Encontró su habilidad —Le contestó ella.
Ambas tomaron una de las rebanadas que Erika les entregó, comían rebanada tras rebanada mientras se contaban historias, charlaban, y se decían sus planes para el futuro. Llegó la noche, había quedado más de la mitad del pastel, decidieron dividirlo entre tres partes para que pudieran comer pastel por el resto de la semana. Antes de irse, Vanessa las detuvo unos minutos.
—Este día, no importa que tan mal haya comenzado, ha llegado a volverse uno de nuestros mejore días juntos. Ella ahora sabe cual es su habilidad, las tres estamos completas, y ahora podemos proseguir y seguir avanzando como amigas. Términos este día como es debido: Brindemos —Les dijo Vanessa.
Se acercó a su mochila, la abrió y sacó una botella, se acercó a la mesa, puso tres vasos sobre ella y miró a las otras dos.
—¿Qué es? —Preguntó Erika con curiosidad.
—Leche con chocolate —Respondió Vanessa con alegría.
—¿En serio vamos a celebrar con eso...? —Le dijo Sofía, luego suspiró —... Bien, pero la siguiente vez yo decidiré con que brindaremos.
Ellas dos se acercaron a la mesa, Erika llevaba en sus brazos los regalos que le habían dado: una caja con varios vestidos de muñecas; una nueva tetera con sus respectivas tazas y platos que combinaban perfectamente entre sí; un suéter para ella; y un collar con forma de lágrima. Dejó sus regalos en la mesa mientras veía como Vanessa llenaba los vasos con la leche. Cuando estuvieron llenos, las tres al mismo tiempo fueron a tomar uno de los vasos.
—Celebremos por este día, y esperemos a que tengamos muchos más como este.
Las tres alzaron sus vasos, los chocaron unos contra otros y luego bebieron su contenido...

Fin del primer llanto

Siguiente llanto: Tragedias

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